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AGUAHARA: El arte de soltar

El amor me dijo: No hay nada que no sea yo. Guarda silencio. -Rumi

Aguahara es un tratamiento acuático joven, pero con fuertes raíces en conocimientos ancestrales probados repetidamente y perpetuados por su efectividad. El Janzu, el Watsu y Waterdance -a su vez basados en el Budismo Zen, el Shiatsu, las artes marciales, entre otras- sirvieron de inspiración para la gestación de Aguahara, que busca reunir lo mejor de las técnicas y conocimientos previos de una manera holística y libre de dogmatismos, fluyendo en constante transformación. Esta disciplina trabaja sobre varios niveles: relajando profundamente el cuerpo mediante estiramientos y movimientos en el agua, donde se disuelven las tensiones y se gana movilidad de las articulaciones; soltando la mente al liberar el estrés y alcanzar fácilmente un estado meditativo profundo de paz absoluta; y observando, a la vez que aceptando sin juzgar las emociones que en ocasiones surgen gracias al desbloqueo de los canales energéticos y al estado de total pasividad. Somos más que sólo un cuerpo y en nosotros todo está relacionado íntimamente: al trabajar sobre una parte de nosotros, automáticamente trabajamos sobre el todo. El resultado de esta visión integradora es sinergia pura y una experiencia única, siempre individual, pero atestiguada por muchos como de profunda transformación interior hacia un estado de mayor armonía y fluidez.

 

Beneficios

A nivel físico, Aguahara tiene un gran valor para el tratamiento de las tensiones y contracturas, los dolores crónicos, la artritis, la mala posición de las vértebras y la fibromialgia, caracterizada fundamentalmente por cansancio, dolor persistente, rigidez de los músculos, tendones y tejido blando circundante. También es una ayuda efectiva para el tratamiento de un amplio rango de otros síntomas psicológicos como dificultades para dormir, rigidez matutina, dolores de cabeza y problemas con el pensamiento y la memoria. Gracias al agua, el cuerpo alcanza un estado de ingravidez que libera a la columna vertebral del peso que usualmente soporta. Este estado conduce, junto con los movimientos y estiramientos realizados durante la sesión, a la relajación total. De esta forma las tensiones físicas se liberan y el estrés es reducido considerablemente junto con los malestares asociados a él. Se previenen así las posibles somatizaciones. También cumple una función valiosísima para mujeres embarazadas, pues se libera la tensión de la espalda baja, a la vez que se abre un espacio contenido para conectar en empatía con el pequeño ser que aún se encuentra rodeado de agua, al igual que la persona en sesión.

Las tensiones físicas que producen los bloqueos energéticos son disueltas y con esto, el flujo óptimo de energía es reestablecido. Al fluir la energía por donde antes estuvo estancada, se abre la posibilidad de que las emociones bloqueadas sean liberadas y así, asimiladas por la consciencia, ayudando a superar su aspecto negativo. A nivel energético, Aguahara trabaja desde el centro vital o Hara, y lo que hace es fortalecer este centro, el cual en la sociedad actual ha sido menospreciado en pos de la racionalidad y trayendo consecuencias como la depresión, la ansiedad y la angustia. El trabajo del practicante de Aguahara, a la vez que del receptor de una sesión, es fortalecer este centro energético -localizado a la altura del ombligo aproximadamente- lo cual se obtiene al calmar la mente: soltando.

A nivel mental y emocional, se pueden trabajar el miedo al agua, el estrés, la ansiedad, la angustia, la depresión, los desórdenes del sueño y muchos otros malestares. Aguahara es una poderosa herramienta en nuestro crecimiento personal y en nuestro desarrollo espiritual, pues nos acerca a la obtención de la paz interior y de un mayor nivel de conciencia. El agua, junto con la entrega del receptor en la sesión, ayuda en la disolución del ego, que es la fuente de la mayor parte de nuestro sufrimiento y que obstaculiza la conexión con nuestro ser más profundo y más auténtico. Aguahara es una invitación a volver al silencio de nuestros orígenes y así, una forma de sanación profunda mediante el contacto con nuestro niño interno y su unificación con el elemento primario: el agua, la cual ocupa el mayor porcentaje del cuerpo humano y de nuestra madre tierra.

 

La Sesión

Las sesiones de Aguahara se realizan involucrando a dos personas: un ejecutante entrenado, cuyo rol es activo, pues brinda el movimiento y a la vez un espacio contenido para la otra persona; y el receptor, de rol pasivo y cuya única tarea consiste en soltar, entregándose al agua y al fluir de la sesión. Aguahara no es una terapia sino un arte. Decimos esto por la forma que tenemos de trabajar: no actuamos para “curar” a una persona enferma, operando desde la mente racional y prescribiendo un tratamiento determinado. Lo que hacemos más bien es hacer la mente racional a un lado y permitir que el movimiento fluya por sí mismo, actuando desde el Hara. Nos apartamos un momento del predominio de nuestro ego, de esta forma abrimos y ofrecemos un espacio contenido y seguro en el cual la persona puede experimentar lo que sólo ella puede experimentar al permitirse ser, dejando a un lado el control. No hay un proceso mediante el cual busquemos comprender racionalmente lo que ha sucedido como haría un psicoanalista, en lugar de esto, se experimenta un momento único de intimidad con uno mismo que tiene un gran poder transformador. En este sentido Aguahara es muy similar a la meditación: es una meditación en movimiento donde al soltar la mente y el cuerpo los resultados llegan automáticamente. Sin embargo, gracias al agua y a los diversos elementos sobre los cuales se trabaja en una sesión, el estado meditativo es alcanzado mucho más rápido y fácil que con la meditación tradicional. Los beneficios de silenciar la mente unos momentos están comprobados científicamente y de ese silencio mental es, en gran medida, de lo que se trata Aguahara: sólo en el silencio nos permitimos ser en el aquí y en el ahora. La clave es soltar.

Al soltar, nos permitimos ser, y al hacerlo, nos abrimos a la vida. La vida es una danza y su origen está en el agua. Aguahara surge del centro y se dirige al centro. Parte del fluir y se encamina al fluir: a comprender que somos un río, y que a cada instante somos un nuevo río, como la energía que corre libre al confiar y entregarse de manera pasiva al poder sanador del agua. Al hacer esto -o mejor dicho, al dejar de hacer- el ego se desvanece y el control cesa: liberamos la mente a la vez que liberamos el cuerpo, los sentimientos y la energía. Lo que queda es la expansión vital que surge del Hara: la danza extática del sólo estar. No hay más separación. Fluimos y entonces somos uno con el agua primigenia. Con lo innombrable. En los orígenes somos el cosmos mismo que palpita y entre las sístoles y las diástoles algo sucede: es el silencio. Lo único vivo es el aquí. Lo único existente es el ahora. Sólo entonces sucede el misterio. Sólo entonces, somos.

 

“El agua, que rompe todas las formas y se lleva todo el pasado, posee este poder de purificar, de regenerar, de dar a luz; pues lo que está inmerso en ella muere, y al volver a ascender del agua, es como un niño sin pecado ni pasado, capaz de recibir una nueva revelación e iniciar una vida nueva y real”

-Mircea Eliade

Oscar Arturo Rojas Hernández

Cel: 33 1719 6315

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oscr.rojas@gmail.com

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