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La Meditación Hridaya es un camino espiritual en sí misma. Es un medio para revelar nuestra esencia fundamental, el Ser Supremo, atman, o el “Corazón Espiritual”, como fue llamado en muchas tradiciones.

Desde un punto de vista técnico, consiste en tres actitudes:

1) El ser consciente del Centro del Corazón (en el área del pecho)

2) El ser consciente de las pausas cortas entre inhalación y exhalación

3) La indagación del Ser (plantear la pregunta: ¿Quién soy?)

El dedo que apunta a la luna

Hay una metáfora muy hermosa de la tradición Zen, “el dedo que apunta a la luna”, la cual describe la relación entre los elementos técnicos de la práctica y lo inefable. Sugiere que no deberíamos mantener la atención en el dedo, sino en la dirección a la que éste apunta.

De modo similar, estas tres actitudes son como “dedos” que apuntan hacia la “luna” de la Consciencia Suprema. Son sólo indicadores o puertas hacia la inmensidad de nuestro Ser. Por lo tanto, dichas actitudes no poseen un valor intrínseco, mas sólo en conexión con lo que podrían revelar.

Por ejemplo, podemos concentrarnos en el área del pecho y ello puede definitivamente, con el tiempo, traer aparejado un incremento en el nivel de concentración, claridad mental y la consciencia de nuestras emociones. Sin embargo, todo ello se limita al ámbito de nuestra personalidad.

Cuando comprendemos que el Centro del Corazón es sólo un indicador, nos abrimos a una nueva “esfera”, de la cual se habla en los hádices islámicos: “el Cielo y la Tierra no me contienen, pero estoy contenido en el corazón del devoto”, o en la afirmación de Jesús: “El Reino de los Cielos yace en tu interior”.

De este modo, el Centro del Corazón no es sólo un “punto de concentración”, sino algo con que vislumbrar el Infinito.

Asimismo, las otras dos actitudes, las pausas entre inhalación y exhalación y la pregunta “¿Quién soy?”, nos pueden llevar a esa esfera que trasciende los límites de nuestra individualidad.

Por lo tanto, la Meditación Hridaya, si bien emplea estas herramientas, finalmente las trasciende, convirtiéndose así en una forma natural de celebrar la libertad y dicha de nuestro verdadero Ser.

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